A las personas nos suele costar bastante lidiar con el fracaso en el ámbito laboral, aunque sea parte del camino. El fracaso es inevitable en algún momento, pero nuestra respuesta a él no. ¿Por qué nos cuesta tanto aceptar el fracaso en el trabajo? Según explica la licenciada Mariel Demianiuk de la Institución Fernando Ulloa, el fracaso puede vivirse como una amarga experiencia en la que no se logró aquello para lo cual se trabajó o se deseó conseguir. Es un resultado que nos aleja de lo que esperábamos obtener o lograr. Se suele relacionar con la pérdida: nadie quiere trabajar, esforzarse y tener un resultado no esperado. La Real Academia Española denomina fracaso a un resultado adverso, malogro, decepción, suceso lastimoso, caída, ruina. “Son términos que pueden provocar angustia, ansiedad, culpa o vergüenza por no haber logrado el éxito deseado. Se vive como algo que hay que ocultar, algo bochornoso”, detalla la especialista, pero asegura que no es para todos igual, ya que aquello que afecta profundamente a una persona puede no tener el mismo impacto en otra.
Por otro lado, el fracaso puede considerarse una oportunidad para aprender, reflexionar, conocer y utilizar nuevas herramientas y estrategias en futuras ocasiones. “Hay que tener en claro que el fracaso nos enfrenta a una condición natural de la vida: no se puede lograr todo y no todo depende de la propia persona”, asegura.
EL PESO DE LA MALA PRENSA
Fracaso es una palabra con mucho peso y también con mala prensa. Para la especialista esto
se relaciona con el narcisismo del sujeto que le hace creer que tiene el control de las diferentes situaciones o vivencias y, por ende, del éxito. Se produce una herida en el narcisismo que lo lleva a la reflexión y a comprender que por más que haya un deseo, las cosas pueden resultar diferentes a lo planeado. “Lamentablemente, en muchas oportunidades, no se logra ver al fracaso como punto de anclaje de aprendizaje o medio que permite adquirir experiencia a través de los errores”, asegura. A su vez agrega que el fracaso se siente como una amenaza y, por lo general, causa mucha angustia al considerarlo como una falla del propio sujeto (“soy un fracasado”, “nunca voy a lograr el éxito”, “no sirvo para nada”) y no como un tropiezo o un proceso que favorece el crecimiento y conocimiento (“algo salió mal”) que permite considerar la posibilidad de corregir o aprender del error. Como si fuera poco, vivimos en una sociedad donde se exige el éxito y el reconocimiento como forma de vida, y al no alcanzarlo aparecen sentimientos de culpa y vergüenza dejando a la persona en una posición de debilidad e insuficiencia.
Es debido a todo lo expresado y a que en muchas oportunidades se pone en juego la propia identidad de la persona, que cuesta lidiar con el fracaso. “En el espacio laboral se pretende ver reflejado el esfuerzo en reconocimiento, aprobación, éxito… y cuando esto no sucede y se fracasa, esa situación provoca una herida que se vive como algo personal y no únicamente como una experiencia laboral o profesional. Hay un conflicto interno entre quiénes somos para los demás, cómo deberíamos ser y el golpe que produce el fracaso, ya que además de la pérdida económica y de tiempo, hay una pérdida de confianza en uno mismo que potencia el propio enjuiciamiento y el temor a no ser aprobados por los demás, afectando el amor propio de la persona”, explica Demianiuk.
CÓMO PARARNOS CON OTRA MIRADA
¿Cómo podemos actuar ante esta situación? ¿Qué rol cumple la reflexión? Según Demianiuk, muchas veces el fracaso se podría relacionar con un duelo, el cual requiere tiempo para sanar, produce dolor, incredulidad y enojo, pero lo importante es analizar qué podemos hacer con ese fracaso, cómo ponerlo en palabras y evaluar qué produjo en la propia vida. Reflexionar, pensar, buscar otras alternativas, entender por qué fracasamos. “Validar las emociones que acompañan al fracaso es un punto inicial para poder transitarlo y avanzar. Luego, asumir la decepción, la rabia o la angustia que puede generar y dejarlas pasar. Hay que tener en claro que no es una falla propia. Por lo tanto, es importante no identificarse con el fracaso dejando en claro que no se trata de culparse o reprocharse, sino de tomar en cuenta lo sucedido para poder aprender y darle lugar a la experiencia que se adquiere”, asegura y dice que un buen antídoto para el fracaso es la confianza y el entusiasmo; volver a entusiasmarse con aquello que deseamos lograr.
¿Por qué es clave reflexionar antes de reaccionar? Es interesante cuantas veces se pueden considerar a los fracasos como desenlaces del apresuramiento y la falta de aplomo. Por lo tanto, ante estas situaciones, es clave frenar y apelar a la reflexión. Esta cumple varios roles: nos permite entender porque salió mal nuestra idea o propuesta, analizando posibles errores; nos da la posibilidad de tomar distancia de lo sucedido para poder comprender, aprender y examinar antes de reaccionar, de manera que se puedan establecer estrategias claras que nos permitan sortear ciertos obstáculos. En definitiva, darle un sentido a lo sucedido para poder decidir qué camino tomar y qué ideas son lo suficientemente reales y posibles como para alcanzar el objetivo.
UN CAMINO POSIBLE
Una respuesta posible es encontrar actitudes que permitan buscar la solución, no quedarse atrapado en la culpa o en las emociones que paralizan y acusan. Entender la función del fracaso como escalón de aprendizaje permite mejorar la situación y predispone a una búsqueda de sentido y de renovado deseo. ¿Qué actitudes ayudan a enfocarse en la solución? Para Demianiuk el pensamiento positivo es una actitud que favorece el crecimiento y es una herramienta que responde al fracaso ayudando a gestionar las emociones. Tomarse el tiempo para analizar qué sucedió manteniendo la calma ante la toma de decisiones y considerando objetivos posibles de alcanzar, permitiéndose diversas alternativas y comprendiendo que en la vida todo es aprendizaje. “Por supuesto que la idea no es negar el fracaso, sino utilizarlo como información valiosa para ser aprovechada en nuevas propuestas ante un futuro prometedor”, explica.
Para finalizar, la especialista asegura que el fracaso forma parte del camino y entenderlo así nos va a ayudar mucho. “Forma parte de la vida y siempre nos va a dejar alguna enseñanza. Hay un deseo de éxito, pero no hay garantía de lograrlo. El fracaso podría verse como un desafío necesario para seguir avanzando. Si bien es una situación que provoca dolor, también es necesaria y estructurante debido a que nos muestra que, aunque haya deseo, no hay garantía de éxito. Esto debería impulsarnos a rever los pasos realizados, establecer nuevas estrategias y considerar qué cosas son necesarias modificar observando la situación desde otro lugar. Con esto no intento romantizar al fracaso, ni desestimar los sentimientos de angustia, pero es interesante considerar que puede ser movilizante y transformador. Nos permite empatizar con otros que atraviesan situaciones similares”, concluye.