La dopamina es un neurotransmisor muy importante del sistema nervioso y tiene roles diversos en la regulación del movimiento y en la conducta motivada. Es fundamental para regular el sistema de recompensa del cerebro, el placer, la motivación, la atención y el control motor. Actualmente con el uso de las pantallas y la tecnología tenemos dopamina ‘non stop’. Sensación placentera que nunca acaba gracias al scroll infinito y continuo. Las redes sociales brindan contenido que nunca termina y genera un efecto placebo inmediato. Antes se leía el diario y la acción terminaba. Se miraba una novela en la televisión, terminaba el capítulo y teníamos que esperar al día siguiente para ver el próximo. Hoy no se para. ¿Qué nos pasa a las personas con esta sensación? ¿Por qué nos cuesta regular? “Tomo como punto de partida la cuestión de la espera y hoy, sin duda, prevalece una capacidad de espera cada vez menor. Ocurre en diversos ámbitos de la vida cotidiana, pero particularmente con el uso de las redes sociales se juega la ilusión de que no hay corte, de que todo puede continuar sin límites, como si hubiera una satisfacción infinita en cada scroll. El que no haya un punto de detención o un intervalo genera este efecto placebo. Y lo que domina es la repetición: se insiste y se vuelve a scrollear en la búsqueda de algo que nunca se puede colmar porque el deseo en sí se sostiene en eso que falta, en algo que aún no llegó. Es por esto por lo que nos cuesta tanto regular, ya que esa regulación implicaría, en cierto sentido, reponer ese corte que el dispositivo vino a borrar. Sin embargo, reponer el corte es reencontrarse con la falta, con la espera, con el vacío e incluso con algo de angustia que la pantalla venía recubriendo”, comienza explicando Nicolás Wade Jacobs, licenciado en Psicología, psicoanalista, docente, supervisor y admisor de la Institución Fernando Ulloa.
LÍMITES Y MEJORAS
Muchas veces nos convencemos de que ponemos un límite a la dopamina constante que nos da la conexión, pero quizás eso no es tan así. ¿Estamos consumiendo más de lo que creemos? ¿Hay una falta de límites? Para el especialista en la frase ‘nos convencemos’ está el quid de la cuestión. ¿Por qué? Porque hay una diferencia importante entre lo que sería poner un límite y creerse que uno lo puso. “Uno de los mejores ejemplos para graficar esta cuestión es el hecho de cerrar una aplicación porque consideramos que ya fue demasiado, pero acto seguido abrimos otra. O bien dejamos el teléfono alejado o boca abajo, pero lo levantamos cada pocos minutos y seguimos scrolleando. El gesto existe, pareciera haber una intención de poner cierto límite, pero el corte real no se produjo”, ejemplifica.
En cuanto a lo que podemos mejorar, Wade Jacobs es enfático y asegura que no se trata de sumar fuerza de voluntad –que la mayoría de las veces no funciona– sino preguntarnos qué está cubriendo ese uso, qué es lo que hay del otro lado de la pantalla, qué estaríamos evitando sin darnos cuenta. Sin duda, lo primero que suele aparecer es el aburrimiento o sentirnos incómodos por no estar haciendo ‘nada’. Y claro, ante esta sensación llega el impulso a agarrar el teléfono, no vaya a ser cosa que dejemos un espacio y que aparezca cierta angustia. “Una de las claves o consejos es poder tolerar algo de ese vacío que la pantalla viene a tapar”, aconseja.
SALUD EMOCIONAL Y SOCIAL
¿Qué efectos a nivel emocional, social y en nuestra salud puede tener a largo plazo este exceso de dopamina tecnológica continua? Según explica el especialista, los efectos a largo plazo son difíciles de definir ya que la mayoría de las investigaciones al respecto son recientes. Esto se debe –en parte– a que la invención misma del smartphone y el boom de las redes sociales tiene poco más de una década. Aclarado esto, todo apunta a que en el plano emocional lo que se va perdiendo es la capacidad para tolerar el malestar. Desde que nacemos nos vamos tropezando con diversas situaciones que nos frustran y el encuentro con emociones no tan fáciles de procesar. El hecho de tener a mano una suerte de ‘solución’ que puede poner un tapón ante el vacío, suprimir la espera o incluso silenciar momentos de angustia, da como resultado una menor tolerancia a la frustración. Y lo que puede ocurrir es que cuando esas emociones aparezcan se vivan igualmente con mayor intensidad y malestar porque el umbral se fue corriendo.
“En cuanto a lo social es paradójico, porque por un lado parece que siempre estamos conectados, pero a la vez la problemática de la soledad no deja de crecer. En este punto considero importante diferenciar los rangos etarios, entre los niños y jóvenes que ya crecen con estos nuevos modos de vincularse, y quienes nos criamos en otros tiempos y nos encontramos ya siendo adultos con estas modalidades. En el caso de los jóvenes, el uso de las redes la mayoría de las veces suele ser una condición necesaria para sostener algo del vínculo con los pares o compartir juegos en línea. El problema es cuando esto se torna la única opción válida. Pero atención: acá también entramos las generaciones anteriores porque las redes ofrecen una versión filtrada y controlada de lo que se quiere mostrar. Si la única manera es lo virtual, ocurre que lo imprevisible, lo incómodo, hasta los silencios que operan dentro de un encuentro real pueden volverse muy difíciles de habitar”, detalla Wade Jacobs.
En cuanto a los efectos sobre la salud, lo que más preocupa es el impacto sobre el sueño y la atención. Para conciliar el sueño necesitamos un período de desaceleración que el scroll no permite. ¿Qué impacto tiene el scroll infinito en nuestra atención? Uno importante. Hoy se ve que la atención está cada vez más debilitada: sostenerla durante un tiempo prolongado requiere un músculo que se va atrofiando si todo lo que consumimos llega en dosis breves y cambiantes.
BIENESTAR DIGITAL
Como todo en la vida, con el uso de la tecnología hay grises y no debe ser todo blanco o negro. Según detalla Wade Jacobs, no todo el uso de las redes y la tecnología es perjudicial. Esas mismas plataformas son las que también sirven para cosas positivas como sostener vínculos a distancia, acceder a contenido de valor, informarse, entre muchas otras. Los efectos nocivos de las redes aparecen con un modo particular de uso: el del scroll sin corte, el del contenido que no termina nunca y nos lleva a un consumo compulsivo. Una de las claves es preguntarnos si conservamos la capacidad de poner un corte. Si hacemos un uso consciente de la tecnología.
Para finalizar, asegura que la idea de alcanzar un equilibrio que se mantenga fijo y sostenerlo de manera indefinida puede derivar en una autoexigencia, un imperativo al modo de ‘debés dejar de usar tanto las redes’, ‘medí tu tiempo en pantalla” o cuestiones similares. “Considero que esto responde también a una lógica de la época donde todo es medible, cumplible, y, por supuesto, sancionado si no estamos a la altura de ese ideal. Propongo pensar cómo es nuestra relación con las redes desde la singularidad de cada uno; una revisión permanente, pero no punitiva. Podríamos preguntarnos, por ejemplo, en qué estado llegamos a la pantalla, en qué estado nos vamos. Si llegamos con alguna intención más o menos clara o si nos encontramos scrolleando media hora sin darnos por enterados. En definitiva, lo interesante es preguntarnos más por la cualidad en el uso de las redes. El para qué, sin caer en cuestiones de autocontrol o exigencia”, concluye.